¿Dónde nace la tristeza que nubla mis ojos, que oprime mi garganta?
¿Dónde se esconde el odio que desangra mi cuerpo, me lastima, me mata y me obliga a destruirlo todo?
¿Cómo conjurar el maleficio del pasado sombrío que ataca desde los recodos del recuerdo confuso?
¿Cómo resistir el invisible y mortífero dolor?
¿Cómo plantarme segura frente al mundo si mi ser está anémico por el llanto y la soledad de la caricia que nunca llegó?
¿Cómo no caer ante el ataque del frío que me rasga el alma y me tortura y me lleva a imaginar lo que me matará?
¿De dónde sacar las fuerzas que me den el coraje y el calor que me permitan vencer en la lucha con esos monstruos invictos?
En el umbral, en el portal, estoy yo y mi terror. Frente a frente. No puedo seguir adelante. No puedo traspasar el umbral. Las sombras se alían a él y ladran frenéticas riéndose de mí, de mi pequeñez, de mi segura zozobra, festejan por anticipado mi fracaso. Se desvanecen en el aire quienes hasta allí parecían estar a mi lado. Saludan desde lejos y envían su amor. Y su impotencia por ayudarme.
¿Qué hay del otro lado? Yo. Yo misma sin esa carga del pasado que ya no quiero pero me muerde y somete a cada segundo. Yo misma, plena de paz y valor y alegría por la Vida misma. Es una niña que trae el mensaje enviado desde un ayer infinito; es el recado en la botella que he dejado para mí misma alguna vez.
Olvidé el día que me perdí y tejí mi telaraña, mi cáscara protectora. Pero allí está la imagen, sonriente y tranquila que me espera paciente; me retuerzo por librarme de mi amo presente: una idea equivocada de mi, forjada a fuerza de sollozos no escuchados, de besos no recibidos, de dolores de panza no creídos, de celos no comprendidos. Errores no perdonados, defectos no permitidos, valores no valuados. No puedo. Peleo y no puedo. Y las lágrimas brotan clamando por algo. La energía es poca: años de lucha descarnada contra mis propias fuerzas, lucha a muerte contra el espejo. Autodestrucción que fue dando resultado.
Basta.
Tal vez el secreto esté en no pelear, en sellar la paz. La mirada tranquila del otro lado del portal tiene la inocencia del niño, la sabiduría del sol, la ternura de una mamá, la fuerza de un papá, la calidez de un amigo, el desafío de un comienzo, el coraje de un hermano mayor, la admiración de un hermano menor. Y esos ojos me hablan de pactar, de reconciliar, de un renacer en la luz de la conciencia. Solo se trata de cruzar. Un intento por librase de los dientes cotidianos de lo aprendido que no permiten avanzar. Y solo se trata de una sacudida, como cuando hay que despertar de una pesadilla y gritando todo se termina… una convulsión que deje en claro qué es lastre y qué soy Yo. Anhelo con toda mi alma hacerlo.
Hasta hoy pregunté y respondí: ¿qué necesito? Y me situé en el rincón de los desprotegidos y demandantes. Una actitud pasiva e impertinente a la vez. ¿Qué quiero de o en mi vida? ¿Cómo quiero que me quieran? ¿Cómo quiero amar?
Viene a mi mente la Oración de San Francisco. La Vida me pide que me olvide de mí para paradójicamente, encontrarme. Cuando, por no recibir lo que creía necesitar, renuncié a todo? Hasta renuncié a mi propia esencia. ¿Quién soy? Soy este ser plagado de límites encerrado en su miedo y en su rencor o soy este otro capaz de avanzar y pasar y encontrarse con esa mirada pletórica de esperanza. Ahora sé que ambas soy yo y por ello podré salir de este tránsito. Solo resta invocar la revolución.
Siento con todas mis fuerzas que estoy en cero, que ya no hay pasado que me oprime y me grite y me distraiga. Que el Ahora es mi único motivo de atención.
Encuentro en cada acontecimiento, su enseñanza, en cada cosa su belleza, en cada vínculo, su razón. Cada descubrimiento es una alegría incluso en la adversidad, pues nada es contra mí. Llego en cada ser, a esa esencia que lo hace único y especial.
Mi hogar es lugar de refugio para sus integrantes y para quienes se acercan a él. Nada falte a quienes tengo a mi cuidado; y comparto esa misión cuando corresponde.
La persona que transita parte del camino conmigo, me acepta como soy, mis mutaciones y traspiés. Recibe lo que tengo para dar, lo valora, lo potencia. Podemos hacernos mejores cada día y no nos limitamos nuestras libertades. Sacamos el mejor provecho de la compañía, de las conversaciones y de los silencios. Puedo amarlo incondicionalmente.
Rompo el entrelazado con la materia.
Una claridad necesaria me permite escuchar mi cuerpo a tiempo para no enfermarlo, y comprendo su cualidad de instrumento del alma.
Mi mente se pone al servicio de mi espíritu y no hace equipo con mi peor parte, arruinando mi vida y la de los que me rodean.
Soy un canal valioso para transmitir cosas que le sirven a otros y a mi misma, para crecer y avanzar.
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